En junio de 2015, Jordi Esteve y yo queríamos abrir una nueva vía en la cara suroeste del Helvetestinden, en Noruega: una imponente pared de granito de más de 600 metros de altura, dominada por placas y con pocas fisuras evidentes.
Decidimos probarlo en estilo alpino: ni petate, ni hamacas, ni cuerdas fijas. Un solo ataque, a todo o nada.
La ventaja de este planteamiento es que llevas muy poco material, vas ligero y escalas muy rápido, sin tener que hacer más maniobras que las de progresar de primero y asegurar al compañero.
El inconveniente es que, si la situación se complica, dispones de menos recursos materiales para resolver los problemas… Por tanto, debes evitar las líneas que están por encima de tus posibilidades, y no solo eso: ser capaz de anticiparte y ver las complicaciones desde abajo antes de meterte en un lío.
Es un juego de equilibrio e intuición que ayuda a conocer la montaña en profundidad y a conocerse a uno mismo.


Nuestra aventura requirió dos intentos.
Primero, entramos por el muro central siguiendo una línea muy ambiciosa. Pero, a unos ochenta metros del suelo, nos dimos cuenta de que nos conducía a un callejón sin salida. Decidimos bajar y, para no abandonar material, desmontamos destrepando.
Como en aquella época del año no se hacía de noche, decidimos hacer un segundo intento el mismo día.
Después de un café en la tienda y de volver a observar la pared con prismáticos, atacamos un sistema de fisuras situado en la parte más larga de la pared.
En este segundo intento, escalamos una primera parte muy amable, siguiendo unos diedros evidentes con dificultades moderadas. Pero, hacia la mitad, la cosa se complicó: fisuras inconexas entre placas imposibles de asegurar…
Al principio nos intimidó bastante, ya que no sabíamos si podríamos salir por arriba… Y bajar de allí con el poco material que llevábamos no pintaba nada fácil. Aun así, fuimos serpenteando a derecha e izquierda hasta encontrar el camino.
Hacia las once de la noche —allí todavía era de día— llegábamos a la cima.
La vía la llamamos TiM (Tierra y Mar), en doble honor: al lugar donde nos encontrábamos y al equipo de escaladores de Sabadell, pioneros en los años 40 y 50, que llevaba el mismo nombre.
También te puede interesar

