
En abril de 2003, Aleix y yo, ambos con 18 años, teníamos la cabeza llena de pájaros y nos creíamos capaces de escalar casi cualquier cosa que se nos antojara, por descabellada que fuera. Lo único que necesitábamos era motivación, y de eso íbamos sobrados.
Salimos de Sabadell en tren, cargados con esquís, botas, piolets, crampones, cuerda, sacos de dormir, ropa y comida: todo lo necesario para escalar una cara norte en los Alpes en condiciones invernales. Veintitrés horas y cinco transbordos más tarde, llegamos a Chamonix. La idea era dormir en el bosque para ahorrar, ya que solo teníamos unos 300 € para todo el viaje, pero no paraba de nevar y al final tuvimos que buscar una pensión.

Cuando el tiempo amainó, fuimos directos a la cara norte de las Droites. Queríamos subir de noche por la Ginat, con los esquís en la mochila, y bajar por la vertiente sur al día siguiente. Pero al llegar al refugio de Argentière y ver la pared delante, nos dimos cuenta de que las Droites nos venían un poco grandes. Además, solo teníamos cinco tornillos de hielo, un juego de fisureros y una cuerda de 50 metros.
Echamos un vistazo a todo el circo para buscar una alternativa, hasta que nuestras miradas se detuvieron en la cara norte del Triolet.
—¡Esta! Que parece más fácil… Pero subiremos por debajo del serac, que el hielo tiene mejor color…
Los seracs son muy peligrosos, porqué de vez en cuando se desprenden. Pero nosotros éramos unos novatos de primer nivel y no sabíamos nada de esto.
Hicimos vivac compartiendo un saco en la terraza del refugio. A medianoche nos levantamos sin haber pegado ojo y a las tres de la madrugada empezamos a escalar.
A los 100 metros llegamos a unas placas de hielo oscuro, durísimo. Yo llevaba un piolet Lucky, de mango recto y sin afilar, y un Grivel que era algo mejor, pero tampoco ninguna maravilla. Los grampones eran un absoluto desastre.



Cuando empezó a amanecer, solo habíamos subido unos 300 metros y estábamos completamente agotados de golpear aquel hielo tan duro. Aleix me propuso abortar la misión. Yo habría aceptado encantado su propuesta, pero con nuestra cuerda de 50 metros y sin saber que era un abalakov, no habríamos llegado muy lejos.
Allí tomamos conciencia de que no teníamos suficiente experiencia, ni conocimientos, ni entrenamiento para escalar una pared como aquella. Pero ya era demasiado tarde, la única opción que nos quedaba era «escapar por arriba».
Poco después, Aleix, que iba de primero, hizo caer un trozo de hielo bastante grande que fue a parar justo sobre mi rodilla derecha. Además del dolor, la inflamación me hizo perder cierta movilidad.
Y encima teníamos el serac. Nunca había visto un desplome de hielo tan grande sobre mi cabeza. Como escalarlo directamente era demasiado difícil, lo bordeamos por la izquierda hasta encontrar la manera de superarlo por un resalte corto, pero con casi 100° de inclinación.
Mientras Aleix subía por aquel tramo, me quedé dormido asegurándole, al lado de una cueva de hielo. Cuando me desperté por la tensión de la cuerda, tuve la sensación de estar atrapados en el peor lugar del mundo.

Más arriba, la pared tenía una inclinación constante de unos 60° y la nieve era muy inconsistente. Los piolets no se clavaban bien y, sin estacas, no podíamos asegurarnos. Hicimos casi 200 metros sin ningún seguro, sabiendo que, si uno de los dos resbalaba, nos íbamos juntos a tomar por c. Cada maldito golpe de piolet había que darlo con plena conciencia.
A las siete de la tarde llegamos al final de la pared, hechos polvo y sin saber por dónde bajar. No teníamos mapa, ni GPS, ni brújula. Pero nos pusimos los esquís y apuntamos hacia lo que, muy lejos, parecía la Mer de Glace, el glaciar que desemboca en Chamonix.
Quedaba poca luz cuando empezamos a atravesar una pendiente muy pronunciada. Los cantos de mis viejos esquís no aguantaron la inclinación y empecé a resbalar, cada vez más deprisa, hacia una grieta del glaciar.
Me puse muy rígido y clavé todo lo que pude contra la nieve dura, intentando mantenerme erguido para no perder el control. Conseguí detenerme, pero, en cuanto me movía un poco, volvía a deslizarme un poco más hacia la grieta. Al final, tuvo que venir Aleix a quitarme los esquís.
Ya de noche, empezamos un largo destrepe que nos llevó hasta un precipicio. Nos estábamos metiendo en un buen lío. Volvimos a subir y bajamos por otro sitio, hasta encontrar una llanura donde tumbarnos. Llevábamos más de 40 horas sin dormir y caímos exhaustos sobre la nieve.
Al día siguiente acabamos de bajar hasta Chamonix.
Después de aquella aventura, estuve casi tres años sin volver a tocar un piolet.