
Una mañana de junio de 2017, Jordi, Guille y yo nos encontrábamos cerca del inicio de una fisura increíble en la pared oeste del Merraflestinden, en Noruega. Llevábamos dos semanas observándola con los prismáticos una y otra vez. De lejos, nos había parecido una espectacular fisura de puños, pero en realidad era un horrible encajonamiento de pecho de unos veinte metros…
Me tocó a mí y, después de colocar los dos friends más grandes que llevábamos (dos Camalots #4), empecé a arrastrarme como un gusano. Tres o cuatro metros más arriba, exhausto, con los tobillos sangrando y viendo que no podría colocar ningún friend más en lo que quedaba de fisura —y apenas acababa de empezar—, fui consciente de que yo no era el mejor candidato para escalarla de primero.
Bajé destrepando hasta los friends y le pedí el relevo a Jordi, ya que, de los tres, al ser el más pequeño, pensé que quizá cabría mejor. Aun así, tengo que reconocer que no esperaba que llegara hasta el final. Pensaba que se lo miraría un poco y que bajaría.
Pero Jordi, en aquella época, iba muuuuy motivado y se lo tomó en serio. Empezó a arrastrarse fisura arriba y, cuando se dio cuenta, ya había subido demasiado y no podía destrepar.
Guille y yo, en la reunión, nos mirábamos en silencio. Solo se oía a Jordi resoplando dentro de la fisura. Yo hacía números: si caía, iría directo a la repisa de la reunión. Por suerte, Jordi era consciente de ello y dio todo lo que tenía que dar para no caer. Pero el muy animal se hizo unas heridas tan profundas en los tobillos que estuvo un mes yendo al CAP a hacerse curas.
La parte superior de la vía todavía era más difícil e impresionaba mucho, pero al menos se podía ir asegurando. Guille, que fue quien se encargó de ella, abrió algunos largos realmente buenos y tuvo mucho tacto a la hora de encontrar el mejor camino.
La vía la bautizamos como “Siv Veggen” (pared del siete, en noruego), en referencia a la forma de «7» que dibuja el inicio de la pared.





