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Troumouse, Mont Arrouy, Diedro Despiau

No soy muy aficionado a los libros de montaña en general, pero algunos me han inspirado mucho. Passages Pyrénéens es uno de ellos.

Fue leyendo este libro cuando descubrí la cara norte del Mont Arrouy. No había fotos ni dibujos detallados, pero la descripción ya me llamó la atención. Solo aparecía una vía: el Diedro Despiau, de 450 metros, abierta en los años setenta en artificial (A2). No se conocía ninguna repetición y, para escalarla, se recomendaba llevar una treintena de pitones.

No sé muy bien en qué momento, con tan poca información, se me metió en la cabeza que podía ir a intentar aquella vía yo solo, sin llevar ni un solo clavo y sin saber siquiera qué aspecto tenía la pared: todo estaba en mi imaginación.

El caso es que, en otoño de 2010, me dio uno de esos arrebatos de motivación que no te dejan pensar demasiado. Cargué el coche y, después de siete horas de carretera amenizadas por un amplio repertorio de techno y drum’n’bass, llegué al circo de Troumouse al atardecer.

Después de pasar una noche incómoda dentro de un Peugeot 206, me levanté cuando todavía estaba oscuro y me dirigí hacia la pared. Como había bastante más nieve de la que esperaba y no llevaba ni botas ni polainas, me puse una chapuza en los pies que me había fabricado el día anterior usando un trozo de esterilla y un cordino. Hacia las nueve de la mañana llegué al pie de la vía, con los pies completamente empapados.

El diedro era una pasada: largo, inmenso, único. Me hacía feliz estar allí, pero al mismo tiempo me impresionaba la magnitud de la pared y me preocupaba un poco la posibilidad de tener que dar marcha atrás. Con una sola cuerda de sesenta metros y apenas un juego y medio de friends y un juego de fisureros, tenía muy poco margen de maniobra. Siempre me pasa lo mismo: cuando preparo la mochila me siento Superman, y cuando me encuentro en la pared me arrepiento de no haber cogido suficiente material.

A pesar de todo, me metí a la vía y fui tirando. El primer tramo, aunque no era muy difícil, estaba muy descompuesto. Después venía una sección central más compacta, con algún largo que incluso era chulo. La parte final, bastante húmeda, fue donde encontré el tramo más difícil, en un paso protegido por unos tres buriles podridos que posiblemente se podrían esquivar. Aparte de eso y de algún otro clavo testimonial, no encontré más material, ni siquiera en las reuniones. La dificultad máxima era de 6b/c.

Una vez superado el diedro, quedaban unos 100 metros más de escalada hasta la cima. Pero no seguí la vía original en este último tramo: me daba miedo que se me hiciera demasiado tarde y, además, estaba muy cansado de tanto subir y bajar en cada largo para poder recuperar el material.

Opté por abrir una variante más a la izquierda y continué hasta el final sin asegurarme. Por la tarde, finalmente, llegué a la cima y después bajé por la cara norte de la Munia.

Dos años más tarde, con Jordi, David y Germi, abrimos la vía «Retentum», en el muro situado a la derecha del diedro.

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